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    2019-04-15

    Desde su conceptuación inicial en 1968, por Gustavo Gutiérrez Merino —considerado “padre” y uno de los más trascendentes exponentes de esta corriente— la tl surgió como una reflexión posterior TAPI-1 un primer momento, consistente en la realidad misma de diversos sectores del pueblo latinoamericano en su apego a una ética de liberación histórica. Para los promotores y simpatizantes de la renovación eclesial, la praxis del amor cristiano debía asumir el compromiso de una ética social en contacto con la realidad, más allá del ámbito de la moralidad personal, para luego complementarse con la concientización y el análisis de las causas de la pobreza y la miseria social. Entonces, el acercamiento con la realidad derivó en el apego a la premisa teológica de opción preferencial “por los pobres y contra su pobreza”. Según esta perspectiva, la difusión del mensaje ético cristiano se encontraba en un estado de distorsión, debido a la permanencia y sofisticación de una visión eclesial de ensimismamiento, basada en una teología escatológica, anquilosada e inconexa con la realidad histórica. Reducida así, la labor pastoral apuntaba hacia su antípoda, produciendo la “complicidad histórica de la Iglesia católica en la preservación de las condiciones de pobreza e inequitativa distribución de la riqueza”. De tal manera, a la par del desarrollo de los movimientos armados y ante una realidad histórica de grave falencia institucional, TAPI-1 iniquidad sistemática y obturación de las vías de participación política en la gran mayoría de las latitudes latinoamericanas, “las organizaciones católicas desempeñaron el papel de fuerzas políticas de sustitución”. La liberación, decía Leonardo Boff, uno de los máximos exponentes de la tl, debe ser “‘integral de todo hombre y de todos los hombres’, es decir, de todas las dimensiones oprimidas de la vida humana (personal y social), sin excluir a hombre alguno”. Como parte de un proceso de simultaneidad dialéctica, la liberación “abarca las instancias económica (liberación de la pobreza real), política (liberación de las opresiones sociales y gestación de un hombre nuevo) y religiosa (liberación del pecado, recreación del hombre y su total realización en Dios)”. Las fuertes críticas de los teólogos de la liberación a las estructuras capitalistas fueron notorias como evidencia de un “compromiso revolucionario de clérigos y militantes católicos en el terreno de la acción colectiva”. Empero, aunque las implicaciones de su cercanía a los procesos revolucionarios latinoamericanos sugirieron un claro carácter disruptivo en sus esfuerzos, los teólogos de la liberación no fueron pacifistas de una “paz” opresiva sistémica, ni revolucionarios armados a ultranza, sino escudriñadores de la realidad histórica. Hoy en día, a casi cinco décadas del surgimiento de la tl, la aparición de estudios académicos sobre la temática es ingente e incansable. Este artículo, por tanto, además de lo realizado en líneas anteriores, obvia la necesidad de incorporar un abundante panorama respecto a la historia del surgimiento y evolución del pensamiento liberacionista, sobre todo, debido a que esa labor la han realizado ya de forma brillante muchos otros autores. Considero oportuna la aclaración metodológica de que el acercamiento de este artículo a la tl es, inherentemente, un ejercicio de reflexión acotado. A partir de un lugar de enunciación se tienen “en cuenta unos aspectos y otros no”, se leen “unos textos y otros no”. Esto propicia un efecto doble según el cual, si bien es cierto, se brinda una imagen no absoluta de una realidad socioeclesial, también lo es que se genera una interpretación rigurosa que aun cuando no “salda la cuestión”, posibilita un espacio fecundo para la oportunidad de un próximo acercamiento novedoso al tema.
    La “condenable” heterodoxia de la Teología de la Liberación